Caminan por la plazoleta. Él en silencio, con el ceño fruncido, ella lo sigue más que ir con él. A ella le gustaría poder tomarlo de la mano, pero no lo hace. Él se detiene.
-¿Sentémonos?
Ella sabe que no es una pregunta, le gustaría poder reprocharle su falta de tacto, pero no está dispuesta a volver a discutir.
Se sientan
“Es raro” piensa él, ahora que lo nota, el árbol que los cubre deja escapar sus hojas sin reparo alguno, justo como en las series y películas que él suele mirar. “No pensé que estas cosas sucedieran realmente”. El viento ayuda, levanta un poco de polvo y sacude las hojas. Él se distrae, ella espera.
Silencio
El piensa en que debió haber traído sus lentes de sol.
Ella cree que él piensa en ellos.
Él se extraña con una micro amarilla, debe ser una hija bastarda de Santiago, que rueda frente a la Catedral, catedral que sólo ofrece su costado derecho, color pecado, a la vista de ambos. Él recuerda que una vez entró, cuando chico.
Ella trata de adivinar lo que él piensa, pero momentáneamente se rinde. Está decepcionada…no, está triste, no esperaba discutir por algo tan pequeño.
Él se sorprende mirando las piedrecillas del suelo, coge un puñado y se propone a lanzarlas una a una hasta darle al poste de unos metros más allá.
Ella nota como él se ha ensuciado la mano luego de efectuar la maniobra.
Tic! Una piedrecilla que se pierde sin gloria. “Nunca fui bueno para arrojar piedras” piensa él.
Ella sigue con la mirada la piedrecilla y ve como rueda hasta llegar angustiosamente a la calle, olvidando por un momento la presencia de él.
Pasan dos niños tomando helado, ni él ni ella los ven, mas sí son vistos por los ellos.
Tic! otra piedra que se viste de fracaso.
Tic! Tic! dos más.
“Parece que no se le da bien esto de arrojar piedras” piensa en ella.
Él, habla.
Ella escucha “no me gusta estar en silencio contigo”, ella lo sabe.
Tic! tic! total ausencia de talento para esto de las piedras.
-¿Vamos más allá?, está muy fuerte el sol.
“OK” dice él, lanza las piedrecillas restantes juntas y algunas dan en el blanco, se para y se dirige a la sombra por ella indicada. Balbucea algunas palabras que alcanzan a ser oídas, pero ninguno les da importancia.
Suena su celular
-Aló?/ Sí/ No. ¿Qué?/ No te escucho bien
Él se sienta mirando como unos bomberos lavan su carro
-¿Estás en tu casa?/ Es que no te escucho bien/ Qué?
No era el carro lo que lavaban, era el portón del garaje. Detesta la palabra “garaje”, así que piensa en sinónimos: cochera, muy gringo; estacionamiento, muy residencial o institucional, da lo mismo.
-No sé/ Sí, si ya hablé con ella/ ¿Qué?
No conoce más sinónimos, cavila por un instante si preguntarle a ella, pero no es el momento de fastidiar ni de hacerse el huevón.
Una señora en dirección a la zona de fuego cruzado de un bombero armado por la manguera y el portón del garaje, él está seguro de que el bombero quiere cobrarla como víctima.
Garaje es más gringo que cochera, se corrige. “¡Maldito samaritano!” no debió haber bajado la manguera. La vieja escapa victoriosa en su bicéfalo artefacto.
-Vale, chau nos vemos/ Chau.
Ella está incómoda desde hace rato, agradece la llamada internamente. Él también está incómodo, no tanto como ella, él lo sabe, le gustaría complacerse de ello, pero no lo hace.
Él se levanta, la mira, ambos están de pie; él la sobrepasa por unos veinticinco centímetros, seguramente más. Piensa en cuánto le gusta ella, sobre todos sus ojos negros, difícilmente ha estado con alguien mas sensual y paciente. Sin embargo no está seguro de querer seguir con esto, tampoco de no querer.
Ella lo mira hacia arriba, se confunde con el frondoso follaje del árbol. Se percata que las hojas caen como en las películas, el viento ayuda moviendo las ramas; una de ellas lo golpea suavemente. Él no se percata. Ella lo ve como un gigante, invulnerable, apacible o vehemente, no tiene términos medios. Definitivamente lo quiere.
Un bombero se fija en ellos momentáneamente. El semáforo pasa por amarillo.
-Hablemos.